Sabes, cada vez que estoy cerca de ti me pasa una cosa muy extraña. No sé si es grave, de hecho no sé si ni tan siquiera es normal, pero creo que se lo voy a tener que comentar a algún médico, doctor o especialista. En cuanto te diga qué es lo que es, me vas a comprender perfectamente y, quizás, solamente quizás, puedas incluso llegar a empatizar conmigo.
Hoy, por ejemplo, te has sentado a mi lado. Apenas unos centímetros nos separaban, a veces ni tan siquiera eso y tu piel llegaba a rozar la mía en efímeros momentos de placer. A pesar de que sólo pensaba en desplegar mi brazo por tu espalda y aferrarme a ti, aproximarte a mi regazo, abrazarte como si no hubiera mañana, sufría de parálisis permanente. Por más que lo intentaba, mi brazo, sensatamente insensato, desobedecía las órdenes de un superior y se negaba a rodear tu cuello y llegar al otro lado.
Muchas personas pensaran que aquello hubiera sido descortés, incluso maleducado, pero yo digo: ¿qué hay de maleducado en una muestra de cariño? Otras personas achacarán dicha parálisis a estar rodeado de gente presenciando la escena. Yo les digo que no. Que si alguna vez nos encontráramos a solas en un calco improbablemente real de mis imágenes oníricas, tampoco sería capaz de ello. Y es que tu primer “NO” es un peso que mis extremidades superiores no pueden levantar.
La única esperanza que me queda es que viajemos a Nueva York, y nos encontremos en el hotel Chelsea. Y que allí, envueltos por la magia de la escena, me digas que, aunque prefieres a los hombres guapos, conmigo harás una excepción. Y que tus palabras levanten el peso que me oprime el brazo y el pecho, y por fin, y sólo entonces, nuestra unión sea completa.
Como ves, tengo sueños muy complicados. Y cuando no se cumplen, pues siempre me quedará soñar que se cumplen. Hasta el infinito y más allá.
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