Dos años de noches en vela esperando una carta, un mail, una llamada.
Dos años de días teñidos de incertidumbre sobre su paradero.
Dos años de vueltas a la cabeza.
Dos años de angustia y soledad.
Dos años desde aquella desesperada carrera hacia la estación.
Dos años desde que viste escapar aquel autobús rumbo a Francia.
Dos años, dos.
Pues después de dos años volvió.
Sin disculpas.
Sin avisar.
Sin dar indicios sobre su llegada.
Como una tormenta de verano.
Como si nada hubiera pasado.
Como si esos dos años hubieran sido dos minutos en medio de la inmensidad de la Historia.
Y, después de esos dos años, te soltó un “como decíamos ayer...”
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