Cada día me asalta más la sensación de que las personas
somos como los regalos.
Nos fabricamos un envoltorio,
que en mayor o menor medida responde a clichés, tópicos.
Dicho envoltorio está destinado a impresionar a los demás,
aunque también nos hace fácilmente clasificables.
Pero la verdad se va sabiendo cuando, con el tiempo,
el envoltorio se va cayendo,
se desmenuza,
y quedamos desnudos,
frágiles.
Tú frente a tu regalo en el momento de la verdad.
En algunos regalos -la mayoría, desgraciadamente-
el envoltorio era bastante más bonito que lo que contenía.
En otros, ni exterior ni interior valen la pena.
En varios, lo de dentro está a la altura de lo de fuera.
Sin embargo, lo extraordinario,
lo realmente impresionante,
es cuando un envoltorio corriente
ocultaba un regalo soberbio.
Algo que los demás no han sabido ver,
algo que permanecía oculto,
y que en un mundo de apariencias
no pudo salir a la luz.
Lo demás, es un mundo de absurda y divertida hipocresía.
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